Georges Rousse: fotografía, espacio arquitectónico y pintura.

Fuente: David G. Torres

Barcelona, junio 1998.

Durante la temporada pasada, el artista francés Georges Rousse ya mostró algunos de sus trabajos en el MacBa. En aquella última visita también dirigió un taller con alumnos de la facultad de Bellas Artes en una antigua caserna de la guardia civil en reabilitación. Georges Rousse aprovechó su estancia en Barcelona para desarrollar un proyecto cuyo resultado son dos fotografías que ahora muestra en la galería Carles Tache. A este trabajo le acompañan otros desarrollados en diferentes lugares de Francia y Japón. Un artista nómada que retrata y altera espacios que también son nómadas (en tránsito de caer o recuperarse).

Las fotografías de Georges Rousse son inquietantes porque, en términos estrictamente visuales, no se entienden bien, no se sabe lo que pasa: son una trampa visual. La palabra “trampa” surge de inmediato y con toda justicia, sus fotografías son un “trompe-l’oeil”. Están hechas en edificios abandonados o en proceso de rehabilitación, pero no son simplemente una fotografía documental. Georges Rousse interviene en el espacio pintando y construyendo formas geométricas simples que, y he ahí la primera trampa, sólo son visibles desde el punto de mira de la cámara. El resultado es que vemos un espacio arquitectónico reconocible sobre el que aparece un círculo rojo flotando, en una especie de estado de inmanencia, es decir, se distingue perfectamente de su fondo pero está unido a él. De hecho el discurso de Georges Rousse está lleno de espiritualidad, él mismo declara que busca formas plásticamente perfectas que sugieran lo espiritual. Sin embargo, más allá de las posibles interpretaciones de su obra, lo que nos interesa es que ese estado de espiritualidad del que habla el artista surge de la construcción de una obra que juega en un estado liminar. Es ahí donde aparecen nuevas trampas.

En la obra de Georges Rousse la fotografía es un punto de convergencia entre la pintura, la escultura y la arquitectura. En primer lugar, la fotografía es una especie de rastro o huella documental de una obra efímera. Sus últimos trabajos parten de la realización de verdaderas intervenciones en el espacio, en aquel taller digido el año pasado en Barcelona pudimos observar la verdadera entidad escultórica de sus proyectos. Y si embargo, esa fotografía no se contenta con ser un documento, sino que se erige como obra porque da sentido a la contrucción que sólo funciona para ser fotografiada, para ser vista desde un único punto. En segundo lugar, la fotografía provoca una cierta inquietud, dado que la intervención puede llegar a ser tan brutal que el espacio real se pierde, se desvanece convirtiendose, en “Cambrai”, en una superfície negra sobre la que aparece un cuadrado rojo. En “Cambrai” realizada sobre un antiguo matadero se hace casi imposible distinguir el verdadero espacio, su definición como fotografía se vuelve compleja, para ser simplemente plano pictórico.

En Georges Rousse se produce una especie de transito de la arquitectura a la escultura, pasando por la fotografía para acabar en la pintura. De alguna forma provoca un cruce de caminos en el que la razón última está en la fotografía, en ese “trompe-l’oeil” que hace converger la imagen hacia el punto de mira. Es un juego liminar y perverso: la arquitectura y la escultura devienen planas, dejan de serlo; la fotografía pasa a ser pintura; y la pintura no lo es porque es retrato de un lugar y una acción. Y sin embargo hay imagen fotográfica y documental, hay composición pictórica y hay intervención en el espacio.

De hecho podríamos llevar este tipo de juegos y desarrollos perversos más lejos, aunque finalmente convendría dar la razón al artista cuando habla de una búsqueda de espiritualidad. No porque de entrada sus obras se puedan calificar de espirituales o místicas (si es que alguna se puede definir abiertamente así), sino porque toda esa serie de tensiones están solucionadas con extrema facilidad. Sus estrategias sólo se dejan intuir, recomponer por el espectador que debe buscar qué es la imagen que se le presenta delante. Al final es la imagen y la mirada que la fabrica la única que existe, que ha existido desde el principio. Mediatizadas por la cámara, las intervenciones y estructuras de Georges Rousse son esculturas inmateriales que sólo toman forma por la vista. Es ahí donde hay que entender el deseo de espiritalidad del artista, como es ahí donde aparecen sus verdaderas fuentes o las claves de su trabajo, se trataba de minimalismo. Podría ser que la obra de Georges Rousse fuese una vuelta de tuerca más del discurso minimalista. Una solución contemporánea, es decir, que es consciente de la necesidad de cierta dimensión humana, de cierta calidez y de una complejidad que es preciso solucionar con astucia, inmediatez y simplicidad para que no quede apabullada por la retórica.

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Imágenes: Fotomundo.