El autorretrato, John Coplans.

“El proceso de describir el cuerpo nunca es inocente. Uno debe preguntarse siempre quién hace la descripción y por qué”. John Pultz, La fotografía y el Cuerpo.

John Coplans (1920 – 2003).

“Jamás veremos su rostro, el mapa que atestigua sus ochenta años de edad. Sus ojos son el misterio que se oculta y a la vez la herramienta que da luz al resto de su cuerpo. Su cuerpo: soporte y obra de arte que se nos presenta desplegado, fragmentado en un rompecabezas que intenta expresar todos los cuerpos, el Ser Humano. John Coplans hizo un trueque de palabras por imágenes a los sesenta años. Abandonó su labor como escritor, curador y crítico de arte para cruzar el puente y dejar atrás el verbo. Se sumergió en la imagen pero de modo inverso al común de los fotógrafos. Coplans abre los ojos pero no para mirar y capturar el exterior, el entorno, el mundo. El viaje de este fotógrafo norteamericano tiene un trazado tan íntimo y cercano que la figura se descompone, se disuelve en pequeños retazos de ser.

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“Es como soñar despierto. Me adentro en un viaje a través de mis genes, de mis ancestros, hombres y mujeres. Es un viaje al pasado, al origen del hombre, a nuestra esencial naturaleza”.

El cuerpo fragmentado de Coplans que compone la muestra “Autorretratos” es en sí un manifiesto, una superación del individuo al no enfocar en ningún momento aquello que nos singulariza: un rostro, una identidad. Expone su piel como un envoltorio común, una placenta que nos alberga y representa sin cuestionamientos. Sus escorzos y primeros planos obligan a repensar y reflexionar sobre aquello que nos es más próximo y a la vez tan ignorado: nuestro ser físico y su metamorfosis a través del tiempo.

Iconoclasta, John Coplans arremete contra la cultura de los cuerpos mediáticos, disecados y embalsamados en plena exaltación de la falsa eterna juventud. “Todo es una cuestión de cómo nuestra cultura percibe el proceso de envejecer: que viejo significa feo. Si pensamos en Rodin vemos cómo trabajó con personas de todas las edades. Yo siento que estoy vivo, tengo un cuerpo… y puedo convertirlo en algo tremendamente interesante. Eso me mantiene vivo y vital. Consiste en dinamizarme a través de mi creencia de que la tradición clásica de lo que es arte que hemos heredado de los griegos no es más que una sarta de tonterías”.

Texto: Itziar Badía.

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