Un mundo de imágenes, Juan Carlos Pérez Jiménez.

Las imágenes inundan nuestra cabeza, asaltan nuestros ojos y se han convertido en el lenguaje dominante del mundo contemporáneo. Para lograrlo se han pertrechado de una batería interminable de instrumentos generadores y reproductores. La fotografía inició el vínculo entre imagen y tecnología, una relación clave que no ha cesado de sumar variantes de éxito progresivo y ascendente. Cámaras digitales y ordenadores de última generación se combinan con la telecomunicación y la ingeniería electrónica para captar y transmitir imágenes a todos los rincones del planeta, con satélites que nos riegan desde el espacio con sus barridos saturados de canales. Cada innovación técnica lejos de suplantarla, convierte en clásica la aplicación anterior, le otorga un valor añadido y se van sumando al festival de imágenes que nos rodean. Así, la fotografía, el cine, la televisión y ahora la imagen digital, se adueñan de más momentos del día, de más horas de la vida.

Vivimos un tiempo en que la representación ha llegado a ser más relevante que la realidad. Las imágenes que reproducen el mundo físico son más eficientes y más fieles para darnos información sobre lo que nos rodea. Se ha construido un universo en el que los referentes ideales no existen más que en los monitores y en las ilustraciones impresas, no habitan entre nosotros. El modelo al que aspiramos, el motor de nuestras fantasías y el objeto de deseo no son de este mundo, no están hechos de carne y hueso: su unidad de medida es el “pixel”, el “frame” o el fotograma. Los cánones de belleza los determinan las fotografías de las/los modelos más que las propias personas que ejercen el oficio. Valoramos más y entendemos mejor la imagen que el original.

La comunicación visual ha llegado a ser tan potente y masiva y genera un ruido tan ensordecedor que bordeamos la saturación definitiva que impida asimilar sus contenidos. Las imágenes nos apuntan desde todas las perspectivas, traducen nuestras fantasías, dirigen nuestros deseos y alimentan nuestros fantasmas. El hombre había soñado siempre con crear un idioma artificial que se pudiera extender por todo el globo y lograr la comunicación internacional, desde el utópico esperanto hasta los lenguajes de ordenador. Pero ya existe un idioma universal. No hay manifestación más potente y extendida que la cultura de la imagen. Capta la atención de los bebés que aún no saben hablar, hipnotiza a los pueblos menos desarrollados y conoce registros para seducir a los más cultivados. No repara en sexo, raza o edad: nadie esta a salvo de su poder.

La cultura visual que ha triunfado en la segunda mitad del siglo XX fue impulsada inconscientemente por la iglesia católica desde el Renacimiento, al utilizar la obra de pintores y escultores como herramienta de propaganda religiosa frente a la reivindicación luterana del libro. Imposible adivinarlo cuando los iconoclastas bizantinos y protestantes luchaban contra la semilla de lo que resultaría ser, para bien o para mal, la manifestación triunfante del tercer milenio.

Actualmente, la presencia en los medios es sinónimo de éxito social. Nadie es más famoso que las estrellas de la pantalla o los ídolos musicales. Pero lo que nos llega de ellos no es más que un reflejo, sus imágenes en los monitores o sus fotografías en la prensa. Las imágenes superan con creces las cualidades humanas, porque a la materia prima de los simples hombres y mujeres que les ceden sus rostros, suman el perfeccionamiento millonario de producción y postproducción que acompaña cualquier puesta en escena mediática. Ningún mortal puede competir con la omnipotencia de la imagen. El misterio, la abstracción intangible, la fascinación onírica del mundo de las imágenes se eleva muy por encima de la existencia terrenal del pesado mundo físico.

Las imágenes alimentan nuestros magnetoscopios mentales, encienden nuestra fantasía diurna y se cuelan en nuestros sueños nocturnos. Nos presentan una realidad paralela con la que es más fácil lidiar, porque somos nosotros quienes aparentemente la activamos o despachamos. Nos entregamos a su merced y cuando queremos, cerramos la revista, apagamos el monitor o evitamos la película. 0 eso creíamos hasta que nos dimos cuenta de que no podíamos suspender el consumo de imágenes. Nos hemos convertido en adictos. Cuando dejamos de mirar, los ecos de la imagen continúan reverberando en nuestro cerebro y se apropian de terrenos inconscientes, asaltándonos cuando no queremos. Salvo lo que observamos en nuestras limitadas vidas, el resto del mundo nos llega en forma de imágenes que aportan infinitamente más información que la observación directa. ¿Cómo renunciar a la deliciosa ubicuidad que nos proporcionan las imágenes?